miércoles, 1 de agosto de 2012

Desesperada espera junto al mar de pera...

Aunque estamos ansiosos por narraros las aventuras de nuestro querido doctor alrededor de su manzana, es inevitable detenerse un momento, antes de seguir, para narrar la forma en que se conocieron Zascandilú y "Tempie" (será una de las pocas veces que leeremos este calificativo para dirigirnos al doctor, pero es que en la época de esta narración, todavía no se había convertido en una autoridad en casos raros y extravagancias, con lo que, aún no utilizando su nombre de pila, sobre todo para no hacernos un nudo en la lengua, nos vemos en la necesidad de apelar al entrañable individuo de alguna manera).

Aquella mañana iba nuestro buen amigo apresurado en su caminar pues, muy a su pesar, llegaba tarde al negociado; tomó el camino corto doblando la esquina hacia el coto y cuando estaba llegando tropezó con un marco de lo que parecía un cuadro abandonado.

Observándolo bien, Templetaub se dió cuenta de que el borde del mismo parecía magenta, así que lo asió con el brazo y lo lanzó hacia lo alto. Mientras el marco, elevándose, describía interminables círculos, el doctor sacó el saco en el que guarda sus trastos y lo abrió todo lo ancho para acoger el artículo. Éste cayó todo lo grande que era y desapareció en el interior de tan profundo saco, de modo que, echándoselo a la espalda, apenas se notaba que dentro llevaba todos los elementos necesarios para acometer los habituales experimentos que el doctor llevaba a cabo en sus peculiares excursiones, además del colorido marco, por supuesto.

Retomando la posición adecuada para caminar, enlazando un paso tras otro en su desplazarse sobre el suelo, iba Templetaub de nuevo meditando acerca de los colores y qué olores les correspondía cuando, acercándose ya a la playa de arena de pipos del viscoso mar de pera, pudo observar desde lejos una renqueante figura que parecía disputar a voz en grito pero sin emitir sonido alguno, con un invisible acompañante.

En el breve lapso en que se aproximaban por moverse en sentidos opuestos, era posible apreciar más detalles del mencionado discutidor, y fue entonces cuando Templetaub se apercibió de que la discusión parecía ser con el cuello de su propia camisa, y de ahí que el volumen de la encrespada charla fuese poco audible.

Aunque el tema de la discusión no trascendió hasta muy lejos y el motivo no se hizo muy famoso, el encuentro es tan conocido que llegó a apadrinar la manida frase hecha acerca de: "discutir sobre el seso de los caracoles", no tanto por el tamaño del seso mismo, como por si, en temporadas de sequía como la que acontecía, era una idea inteligente andar tan despacio y dejando tan marcado rastro de babas como los espirálidos hacen.

El caso es que con tan lento devenir hacia el doctor, pronto se percató de que ni la estatura, ni el volumen, ni las proporciones del discutidor correspondían a los parámetros normales de las gentes que habitualmente conocemos. Este individuo tenía la más grande cabeza que pueda apreciarse para tan pequeño cuerpo, con casi dos veces el tamaño del torso, se bamboleaba a un lado y al otro sin un ritmo concreto: daba un paso con la pierna derecha y oscilaba dos veces a la izquierda, daba un paso con la pierna derecha y caía la cabeza hacia atrás como desconectada de la columna, un nuevo paso con la derecha y la cabeza resbalaba sobre el hombro izquierdo para erguirse nuevamente mirando al frente. Las piernas del caminante, aunque de andar constante, parecían de diferente tamaño, la izquierda daba cortos pasitos de dos en dos, mientras que la derecha parecía no querer adelantar al pie izquierdo en sus largas zancadas, situación tan extraña que daba a sus andares un simpático traquetear similar al de un carro deslizándose sobre un serrucho de carpintero excesivamente gastado y mellado. Ambos brazos, delgados y nervisos, cimbreaban como agitados por un huracán, cada uno en una dirección pero sin llegar a definir una trayectoria regular y constante. Todo esto hacía sin dejar de gesticular con las manos y susurrar enérgicamente hacia el interior del cuello.

 Todo ello junto resultaba un completo rompecabezas para cualquier observador, obligándole a plantearse por qué arcano motivo conseguía el individuo desplazarse en una línea más o menos recta y alcanzar un destino definido sin acabar escorando hacia cualquier otra dirección en su renqueante caminar y de hecho, Templetaub comenzó a desarrollar sus teorías acerca del "desplazamiento caótico-rectilíneo pendular" gracias a la observación de semejante trabalenguas andante, pero eso, como casi todas las cosas en esta historia, quedará para más adelante.

Ahí permanecía nuestro buen amigo, intrigado por la situación pero siempre respetuoso, hasta que carraspeó suavemente, indeciso entre interrumpir el discurrir del hilo de pensamiento del viajante y apartarse a unos cuantos metros por no tener claro si acabaría arrollado por su caminar. El individuo, lejos de sobresaltarse, se detuvo y, mientras observaba con el ojo izquierdo a nuestro amigo, procedió a enderezar sus extremidades y tronco para componer una figura con cierto parecido a un homínido, aunque, visto de cerca, el tamaño del viajante era mucho menor de lo que parecía a la distancia.

Tras los momentos iniciales de sorpresa ante un individuo que escasamente alcanzaba el ombligo de nuestro doctor, éste comenzó una conversación con el habitual rito de agitar compulsivamente la mano a modo de salutación.

Poco se conserva de dicha conversación, lo que sí que se sabe es que el buen doctor conoció por boca de su contertulio acerca del extravío del Espejo de Realidad Diferenciada, un extraño y místico objeto que tenía la facultad de enseñar, a aquellos que tenían el valor suficiente de enfrentarse a él, la verdadera imagen de uno mismo proyectada al exterior.

Huelga decir que semejante artefacto se guardaba bajo el más absoluto secretismo en la cámara más alta de la torre más baja del menor castillo jamás construído, el diseñado por los famosos nabucodonosorcitos, el "Castillo del Huevo". Un castillo de tal arte edificativo que, cuando uno se aproximaba, y a pesar de ser de un reducidísimo tamaño, tal que cabía en la palma de la mano, se tenía la sensación de estar ante un enooooooooorme rascacielos (si, si, esas manos gigantes que cuando uno las agita hacen cosquillitas a las nubes y las provoca una lluvia de risas húmedas).

Dado el secretismo que rodeaba al espejo y para evitar que fuese encontrado por algún desalmado que pudiese mostrar su verdadera faz a todo el mundo, el castillo cambiaba de ubicación constantemente, lo cual no estaba exento de peligro, ya que los cálculos necesarios para reubicar el castillo estaban en manos de un desmemoriado anciano que se ayudaba, para los cálculos biliares, perdón, quise decir posicionales, de un ábaco tridimensional de pendiente negativa, el cual por todos es sabido que en los cálculos de divisiones, siempre devuelve la diferencia al por menor, con lo cual se ahorraban numerosas operaciones. Estos cálculos estaban regidos por complicadísimas fórmulas de física cuasiánticas (es una física que casi roza los conceptos de la actual física cuántica) que tan sólo el propio anciano conocía, pero dada su senectud, en más de una ocasión había errado el resultado (culpa de sus anteojos, que deberían llamarse post-ojos ya que muchas veces los tenía colocados en la nuca) haciendo aparecer el castillo en los más extraños lugares.

Se recuerda generalmente con más simpatía la ocasión en que el anciano despistó un decimal y, mientras lo buscaba por el suelo, accionó involuntariamente la palanca de traslación elíptica del castillo y éste acabó bajo las posaderas de la archi-duquesa de Cimarrón, públicamente conocida como la mole de Cimarrón por su "estilizada" figura de insospechadas curvas toneleras. Como el castillo reemplazó la cabalgadura de la Duquesa mientras esta competía como amazona en la tradicional carrera de caballos de Cimarronia, la duquesa, que generalmente acababa entrando en la meta llevando a rastras su montura, quedó sentada con una mueca mezcla de perplejidad y placentero alivio sobre el pico más elevado de dicha torre, la torre del homenaje (que en adelante se llamo la torre posadera), dando lugar a que la gente acuñase la tan manida frase de "ir cabalgando huevos" cuando alguien iba demasiado despacio para apreciar su movimiento.

Volviendo al buen doctor y su querido compañero Zascandilú, sorprendemos su conversación mientras Zascandilú comentaba acerca de su terrible pérdida/extravío del famoso espejo. Nuestro buen doctor, acostumbrado a escuchar y atender las más extravagantes peticiones de ayuda por parte de sus vecinos, rápidamente se solidarizó con la desgracia y, como vosotros mismos habéis ido elucubrando, comenzó a pergeñar una extraña idea en su cabeza, tal vez el marco que había encontrado...

Efectivamente, cuando el buen doctor sacó el marco de su infinita bolsa de objetos extraños, la alegría se hizo patente en el rostro de Zascandilú, que comenzó a palmear con los pies mientras giraba alocadamente sobre el brazo derecho hacia el lado al que huyen las agujas del reloj. El problema estribaba, para el buen doctor, en la desaparición de la superficie reflectante que, obviamente, no se apreciaba en el marco. A esto, Zascandilú sonrió y respondió: "Este espejo es muy peculiar, algunas personas ṕarecen verlo vacío, pero eso se debe, buen amigo, a que estas personas no cambian la cara interior con respecto a la que muestran al mundo, y el espejo, por tanto, no tiene nada que mostrar, quedando transparente."

La conversación alcanzaba su final y Zascandilú, contento por el encuentro, propuso al doctor que le acompañase a entregar, a los nabucodonosorcitos, este curioso artefacto de tan trágico designio, por lo que éste, olvidando sus tareas diarias, aceptó encantado la invitación y juntos emprendieron camino en busca de Melquíades Ubicatrón, el anciano responsable de colocar el castillo en un lugar distinto cada vez, para conocer de este modo, dónde tendrían que acudir para retornar el espejo a sus legítimos custodios.

El camino fue largo e intrincado, y les acontecieron peculiares aventuras que estrecharon fuertemente los lazos que en adelante les unirían, pero eso, amigos míos, es motivo de otras historias que tal vez contaremos. El caso es que, una vez conocido el lugar, ambos casi se dieron de cabezazos uno con el otro, ¿sabéis dónde aparecería la próxima vez el castillo del Huevo?...

Efectivamente, en la playa de arena de pipos del mar de Pera.

viernes, 13 de enero de 2012

Una vuelta a la manzana...

 Hace tiempo ya, cuando los carros tenían preferencia en los caminos y las mulas nunca pasaban frío en casa porque eran fuente de ingresos constante, el Dr. Templetaub emprendió un largo viaje alrededor de su manzana.

 Uno se diría: "Pues no es un viaje tan largo, alrededor de su manzana, yo tardo unos cinco minutos escasos en recorrerla." pero claro, uno debe medir bien sus palabras antes de decir semejante cosa, puesto que las distancias, como bien saben los nabucodonosorcitos, crecen y  se encojen dependiendo del color de los ojos de quien las mide. En el caso del Dr. Templetaub, la manzana de que hablamos se podía acotar por el entorno que la rodeaba:

 Lindaba al norte con la colina de las cerezas, uno nunca podía detenerse en dicha esquina si no quería jugarse el pellejo, no fuera a darse el caso de que alguna cereza cayese del guindo y le diese en la cabezota; los pipos de las mismas son tan sobradamente conocidos por su dureza que, una vez que hubo que bachear la calzada, obligaron a todos los convecinos a comer dos kilos de cerezas diarios para sustituir el empedrado. El Dr. Templetaub, que olvidó que había de guardar los pipos de las mismas, se los tragó todos y estuvo haciendo caquitas como las ovejas tres semanas.

 Al este, la manzana lindaba con el mar de pera, que tenía unas vistas espectaculares pero en el que era un poco incómodo nadar porque uno tenía que estar constantemente eliminando la segunda nota de la escala musical para no salirse del pellejo. El buen doctor se lo sabía bien pues en una ocasión tuvo que atender a una ancianita que casi se empacha mientras recogía ingredientes para hacer una compota.

 Cuando el Dr. Templetaub salía de casa, puesto que su puerta daba al sur, veía todas las veces el azul bosque de cobalto donde moraban los alicalupiérpagos rosas, más conocidos por su nombre común, arrevancheros; estos curiosos trípedos tenían un extraño apéndice en la parte posterior de la cabeza con el  que podían oler, tocar e incluso saborear los colores de baja frecuencia.

 Para los que no lo sepan, los colores de baja frecuencia son esos que, cuanto más tiempo pasa, menos ocurren, lo cual ha llevado a numerosos filósofos a plantearse en qué color escribir sus ideas sobre el papel blanco, ya que cabe la posibilidad de que, en algún momento, éstos blancos papeles se tornen de algún insospechado color y deje de apreciarse la tinta escrita indefinidamente, pero eso es un  tema de estudio que entretiene a los más expertos científicos en colorimetría espiritual contemporánea, por lo que dejaremos el desarrollo para más adelante, según sea necesario.

 Al oeste quedaba, como todo el mundo sabe, el garaje de Sol y Luna donde, cuando no tocaba perseguirse, se juntaban ambos e invitaban a las estrellas fugaces a un té rapidito.

 Esa mañana el Dr. Templetaub comenzó la vuelta a la manzana en el  sentido opuesto a las agujas del reloj, quería aprovechar más el tiempo, se entiende, así que cogió su mochila de muestras por la que, debido a la cantidad de útiles que contenía, se había visto en más de un pleito con Mary Poppins, que alegaba plagio.

 Descolgó del perchero su jersey de viajes largos, desempolvó el gorro de aparejar anzuelos y se equipó con su pararrayos de emergencia, no fuese que, al salir, comenzasen a  subir truenos y perdiese la oportunidad de cargar la batería de su brújula helicoidal (nota: la brújula helicoidal es una brújula con forma de  hélice que por sus peculiaridades nunca sabe donde está el norte, pero permite al usuario encontrar el camino más interesante hacia el destino que está buscando).

 Cuando salió por la puerta pidió, como siempre, a su pequeño ayudante Zascandilú que terminase con la recogida y análisis de las muestras de su último viaje en globo aquaestático y después, cerrase el laboratorio no se fuese a escapar Doña Gata, que siempre que el Dr. Templetaub salía, aprovechaba para buscar un  rinconcito en el salón en el que afilar sus ya de por sí puntiagudas uñas retráctiles.

 Como salió temprano, a su izquierda el denso mar aún permanecía bajo el reinado de Luna en una escalofriante visión de azules olas densas y viscosas para nada apetecibles, pero ya se apreciaba cómo Sol, fresco y descansado tras el tramo cuesta abajo, recuperaba su esplendor hacia el cielo perfilando los elevados riscos que decoraban la morada en que habitaba cuando andaba de descanso...

 Sacudió del todo la modorra mañanera y adelantó un pie al otro en un movimiento acompasado que más adelante recibiría el nombre de andar (algunos anadear), pero que en aquella época aún conocían como caminar, y consistía en repetir el movimiento hasta llegar al final deseado o acabar exahusto, lo cual se describe en un sencillo algoritmo recursivo: "mientras no en destino, caminar."

 Y así, repitiendo este algoritmo, el Doctor Templetaub recorrió cuatro de las caras que tenía su manzana, las cuatro que encaraban a los puntos cardinales pero eso, como no, queda para la siguiente tarde de lectura...